Vine en son de paz, pero acabó en réquiem.
La miseria que da paso a estas palabras se compone de restos de propósitos artificiales. Me voy de aquí sin voz, pero conservo la palabra. Esto es una despedida de emergencia; ya no habrá más cartas ni llamadas, pasen y vean la (dis)función. Hasta el miedo se disfraza de emoción, hemos perdido los papeles en esta obra maestra. La causa se centra y los focos originan una danza de luces nombrada desconcierto; el protagonismo, sin embargo, se encuentra hoy tras el telón.
El silencio es sólo sigilo torpe, mutismo incompleto cuando el gesto delata. Hemos crecido y sido arrancados de raíz. Adiós y gracias a mi familia, por el amor terminal al que cuido; a mis amigos por lo incansable de nuestra presencia; a mis viejos lazos por desatarme; a esta ciudad por el cobijo.
Quizás entre estos restos de escritos inconclusos, alguien dé con el Porqué.
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